Tú trabajabas en la papelería. Me viste antes de que yo te viera — supiste de mí mucho antes que yo de ti. Pero no te animaste a hablarme. Yo, en cambio, te crucé sin saber que ya estabas ahí, esperándome en silencio, decidida a no dejarme ir.
Lo que tú hiciste para encontrarme — eso es lo que me parte el pecho cada vez que lo pienso. Buscaste en el chat de la papelería donde se mandaban a imprimir las tareas. Ahí encontraste mi CURP. Mi nombre. Y con eso me buscaste en Instagram y me seguiste. Tú viniste a encontrarme como si yo fuera algo que se te había perdido. Como si ya supieras que era tuya.
Me llegó tu solicitud y vi a esa muchacha de ojos enormes, hermosa de una forma que me dolió. Tenía pensado escribirte yo, pero te adelantaste con una historia de una vela y yo te pregunté que dónde la habías comprado — una excusa para tocarte por primera vez aunque fuera con palabras. Me respondiste con algo tan tuyo, tan ocurrente, tan vivo, que entendí dos cosas al mismo tiempo: que eras peligrosa, y que ya no había vuelta atrás.
Cuando me dijiste que ya me habías visto en la papelería no te creí. Pensé que tenías veintitantos. Cuando me dijiste que tenías mi misma edad, que también tenías diecisiete, algo dentro de mí supo que esto no se iba a parecer a nada. Nuestra conversación corría como si lleváramos años hablando. Yo no podía dejar de sonreírle al teléfono. Me dormía con tu nombre en la cabeza.
Te propuse vernos. Una cita para ir a patinar. Y desde aquel 7 de abril de 2025, no hemos pasado ni un solo día sin hablar. Ni uno. Tú me encontraste primero. Yo te seguí.